El teléfono sonó. Cap i cua 5.

By bayolet

El teléfono sonó, pero no quería cogerlo.

Era un romántico. Todavía conservaba el que había pertenecido a su abuela, el mítico teléfono con rueda en el marcador. Le encantaba marcar los números, escuchar su sonido estridente y descolgar sin saber quién estaba al otro lado.

Seguía sonando. No tenía ganas de hablar con nadie. No lo cogería, pese a que escucharlo sonar le ponía nervioso. Se sentó junto a él tentado de hacerlo, poniéndose a prueba. El ruido cesó.

Últimamente la mejor compañía para él eran sus discos de Miles Davis, una copa de ron, una hamaca y su balcón. Empezaba a hacer frío y su pequeño oasis de paz estival estaba dejando de ser tan agradable como en verano, donde había pasado tardes enteras disfrutando de la maestría en la trompeta mezclada con los ruidos callejeros de sus vecinos: las adolescentes hablando sobre qué iban a ponerse para ir al cine con ese chico que le gustaba, la madre riñendo a su hijo porque le ha estirado a su perro de las orejas, los ancianos pronosticando la meteorología y comparándola con la años anteriores… Todo ello con el olor del jazmín, el sabor del ron, el calor de los rayos de sol y el frío del hielo en el vaso.

Era su paraíso. Hoy estaba caprichoso y se tumbó en su hamaca con el objetivo de repetir su ritual, sin embargo una ráfaga de aire frío acabó echándolo de nuevo al interior de la casa. Contrariado se sentó a pensar en alternativas al oasis en otoño. Sería su primer otoño en esa casa.

¿Quizá sería buena idea cambiar el ron frío por un té? ¿buscar un lugar en la casa dónde colgar la hamaca? ¿y por qué habría de beber té con lo bien que le sentaba el ron? ¿sería su sofá una buena alternativa a la hamaca?

Llegó a la conclusión que la solución era buscar algo opuesto, totalmente diferente, pero que uniera las cualidades principales que adoraba del balcón: la sencillez y la belleza.

Recorrió su casa, cogió las llaves del coche y salió por la puerta. regresó al cabo de unas dos horas cargado con alfombras y cajas. Fué a una habitación que hasta el momento había utilizado de trastero de los pocos trastos que tenía. Cubrió casi todo el suelo de alfombras, sobre las que colocó cojines de colores cálidos (rojos, naranjas, rosas, marrones, amarillos…). A la entrada situó un mueble zapatero de grandes dimendiones sobre el que situó una nevera pequeña, cómo la de las autocaravanas.Cuando acabó con su arrebato decorativo se situó en el centro, miró a su alrededor y bebió un trago de ron satisfecho.

A Nea seguro que le gustaría ir a su oasis. Fué casi corriendo a llamarla cuando el teléfono sonó.

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